Los errores
no se niegan,
se asumen;
La tristeza no se llora,se supera
Y el amor no se grita,se demuestra.
Sé fuerte para que nadie,te derrote,
Sé noble para que nadie te humille,
Sé humilde para que nadie te ofenda
Y sigue siendo tú Para que nadie te olvide

miércoles, 28 de marzo de 2012

MADERA CON NUDOS

MADERA CON NUDOS

FARO DE VIGO 7 de Febrero de 2008

José Luis Alvite

Aunque resulte chusco y divertido creerlo, un homosexual no es un señor libidinoso y procaz que se divierte pedaleando desnudo en una bicicleta con grumos en el sillín, ni un tipo peligroso que acecha en la puerta del colegio para meterle mano a los chiquillos, y tampoco es un cretino que se conforma con que su techo creativo sea gesticular con los brazos cruzados, masticar las manzanas con muecas o meterse en cama con el busto de Wagner entre las piernas. Los homosexuales fueron perseguidos en su momento por el III Reich por suponerlos un riego para la preservación de la integridad genética y moral de la raza aria y son ahora condenados por la Iglesia Católica por considerar sus obispos que sus inclinaciones constituyen una perversión patológica del alma. Del III Reich los salvó la victoria aliada en la II Guerra mundial; del acoso de la Iglesia los liberan las leyes del pueblo soberano, que en uso de sus derechos constitucionales ha llegado a la conclusión de que, en el peor de los casos, los excesos histriónicos de la homosexualidad sólo pueden acarrearnos el empobrecimiento de la televisión. Que todavía resistan ciertos reductos de intransigencia frente a la homosexualidad no hace sino revelar la facilidad que el género humano tiene para alternar el talento con la estupidez. Pienso yo que la Iglesia podría mejorar su imagen social si probase a tener un conocimiento más preciso y más real del mundo sobre el que pretende influir. Comprobarían entonces sus obispos que la aceptación de la homosexualidad no les produciría un quebranto moral del que no pudiesen sobreponerse con el mínimo esfuerzo que algunos humoristas tuvieron que hacer en su día para sustituir en su repertorio los chistes de gangosos, de ciegos y de maricas. Que la Iglesia desista de ese esfuerzo me parece descorazonador, pero lo acepto habida cuenta de que los obispos no son sino la junta directiva de un club privado al que uno sólo puede acceder si acata sus normas. Desde ese punto de vista nada se le puede reprochar a los padres de la Iglesia, del mismo modo que nos plegamos a la prohibición de bañarnos sin gorro en la piscina municipal, igual que en la pista de petanca se considera inadmisible que participe en la partida un señor que pretenda jugar con globos en vez de con bolas de acero. Menos comprensible es que veneren la imagen de un Jesucristo callejero, pelón y descalzo esos prelados pulcros y jabonosos que tan a menudo confunden el placer con el pecado, la moral con la higiene y cuya historia rebosa de actitudes tan pavorosas como la de resolver con la hoguera cualquier asunto que no pudiesen entender con la cabeza, como, por ejemplo, la redondez de la Tierra o la circulación de la sangre. El caso es que aun reconociendo el derecho de los obispos a mantener a rajatabla sus normas, no deja de pensar uno que por su forma excluyente y dolorosa de entender el Cristianismo, lo que dicen ser culto al Señor, en realidad podría ser considerado un simple y odioso secuestro de Dios, al que harían responsable de haberles inspirado la obstinación con la que defienden la idea oligofrénica de que la homosexualidad es una perversión del alma humana, cuando son muchos los católicos convencidos de que la Historia está plagada de ejemplos que podrían avalar la tesis objetiva de que en no pocos casos, la homosexualidad es un soberbio destello de la inteligencia que le sirve a los hombres verdaderamente excepcionales para trascender las cláusulas morales y los usos sociales hasta descifrar en la fértil soledad de su mente ese misterioso punto de inflexión en el que lo que se percibe del sexo no es su anatomía, sino su emanación, captando sus estímulos con la misma abstracción con la que admiramos un incendio en el que lo que menos importa de su resplandor es el tipo de leña que consume el fuego. La homosexualidad congénita no excluye en absoluto la homosexualidad sobrevenida, que en muchos casos no sólo no constituye un subproducto sodomítico del vicio, como pretenden los obispos, sino el resultado de que, a diferencia de otros animales, el género humano es capaz de la introspección que se necesita para que la inteligencia le lleve un paso más allá que los pies. Y ya que la ciencia admite que al menos el diez por ciento de los hombres son homosexuales, harían bien los obispos en preguntarse cual de los doce apóstoles disfrutó en La Última Cena sentado, con los ojos entornados y la mente en blanco, en los fálicos nudos de la madera...

[editado por Anacrusa el 09-02-2008 a las 05:30]

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Anacrusa

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

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